Mi relación con la china tiene una historia de trasfondo. Cada vez que pasaba por su local a comprar pilas para la game boy, destornilladores malos, o pilas para el tamagotchi, es decir cosas estúpidas y caprichos de domingo como slinkys o caretas malas y cutres, o incluso pelucas que llegaron a estropear algunas de mis series fotográficas más serias. La china, que siempre se mostraba ante mí mustia y desagradable se desahogaba conmigo. Una de las veces que volví a comprar pilas para la Game boy Color, pues quería volver a viciar mi Donkey Kong de antaño, sonó la alarma de la salida y ella rápida y audaz y jurando en su idioma me agarró del brazo y me pidió, bueno me exigió, que le enseñase el interior de mi bolso. Yo, a la defensiva me negué y me ofusqué hasta limites insospechados pues no había robado nada. La china a la cual le tenía tanto cariño se había portado mal conmigo de nuevo más allá de su caracter desagradable, desconfiado y despreciativo.
Pero todo este drama tenía una causa, y es que su hijo pequeño aún estaba en China. Una vez pudo recuperar a su churumbel la relación entre nosotras se terció como un camino de rosas, de regalos y descuentos e incluso fotografías y chistes. Así que me hace descuentos o me regala carretes caducados siempre y cuando pase por allí para enseñarle el resultado. Aunque temo que si me sale bien me quiera cobrar y abastecerse el triple.
Fin.
Y nada esta semana subiré lo que ha salido de todo esto:
















